El hombre que cambio su vida después de leer su Obituario
El Rabino Dov Greenberg viaja a Venezuela, desde Stanford para acompañarnos con sus valiosas charlas los días martes 16 y miércoles 17 de junio en el Hogar Jabad Lubavitch José y Sara Lerner. Le presentamos una de sus tantas reflexiones.
Los premios más famosos del mundo son los premios Nobel. Entregados por logros sobresalientes en literatura, paz, economía, medicina y las ciencias, fueron creados hace un siglo por Alfred B. Nobel (1833-1896), un hombre que hizo su fortuna produciendo explosivos. Entre otras cosas, él inventó la dinamita.
¿Qué motivó a este sueco fabricador de explosivos a dedicar su fortuna para honrar y recompensar a aquellos que benefician a la humanidad?
La creación de los Premios Nobel surgió en una circunstancia curiosa. Cuando el hermano de Nobel murió, un periódico imprimió un obituario largo de Alfred B. Nobel, creyendo erradamente que era él quien había fallecido. Nobel tuvo una oportunidad que muy pocos tienen: leer su obituario estando vivo. Lo que él leyó, lo horrorizó: El periódico lo describió como el hombre que había hecho posible el acabar con la vida de más personas en el menor tiempo posible.
En ese momento, Nobel se dio cuenta de dos cosas: que así era como iba a ser recordado y que así él no quería ser recordado. Poco después, él estableció los Premios Nobel. Actualmente, todos conocen estos premios, sin embargo son pocos los que saben cómo Nobel hizo su fortuna. Marco Antonio de Shakespeare estaba equivocado: el bien que hacemos perdura después de nuestra existencia en el mundo. Para muchos, es lo más importante que dejamos atrás.
Pensar acerca de cómo un obituario va a ser leído puede motivar a alguien a re-pensar su vida. Ningún elogio dirá si la persona vestía bien o vivía de forma extravagante, si tomaba vacaciones extraordinarias, manejaba un carro costoso o tenía un hogar lujoso. Tampoco he escuchado que alguien alabara a una persona por estar muy ocupada con su trabajo y no tener tiempo para sus hijos. Una llamada a aquel que está solo, ser oído para alguien que te necesita, tiempo compartido con tus hijos, el dar gracias a su pareja, el agradecer a D-os, cumplir mitzvot… son la esencia de una vida plena.
Las personas que son más extrañadas o lloradas no son las que son más ricas, más famosas o más exitosas. Son aquellas personas que alumbraron la vida de otros. Eran amables, compartían su amor. Cumplían con sus responsabilidades. Cuando podían, daban caridad. Si no podían dar dinero, daban su tiempo. Eran amigos leales y miembros comprometidos de la comunidad. Eran personas con las que sabías que podías contar.
Existe una historia acerca de un judío inglés de la era victoriana llamado, Sir Moses Montefiore. Él fue una de las importantes figuras del siglo XIX. Amigo cercano de la Reina Victoria, quien le concedió el título de caballero. Él fue el primer judío en obtener un puesto alto en la ciudad de Londres. Su filantropía se extendió tanto a judíos como no judíos y en su cumpleaños número 100, el periódico “The London Times” dedicó sus editoriales a su elogio. “Él ha demostrado”, decía el “Times”, “que el ferviente judaísmo y el patriotismo son absolutamente consistentes uno con otro”.
Una reflexión fue particularmente conmovedora. Alguien preguntó una vez: “¿Sir Moses cuánto vale usted? Moses se detuvo por un momento y le dio una cifra. Él que preguntó, le dijo que seguramente su riqueza era superior a la cifra que él le había dado. Con una sonrisa, Sir Moses respondió, “Tú no me preguntaste cuánto tengo, sino cuánto valgo, entonces calculé cuánto había dado para caridad este año, verás, uno vale lo que uno está dispuesto a dar al otro”.
En 1798, el gran líder jasídico, Rabino Shneur Zalman de Liadi, fue puesto en prisión por propagar el judaísmo entre los judíos. Mientras esperaba por el juicio, quien lo vigilaba, sabiendo que estaba ante la presencia de un hombre sabio, le preguntó: “Nosotros leemos en los Génesis que cuando Adam y Eva pecaron, ellos se escondieron entre los arbustos del Gan Edén, y D-os los llamó, preguntando “¿Dónde están?. “Lo que quiero saber es que si D-os sabía dónde estaban, por qué preguntó “¿Dónde están?
Él respondió: Las palabras de la Biblia no se refieren a ese tiempo únicamente sino se aplica a todo los tiempos. La pregunta que él les hizo a Adam y Eva, no era para ellos únicamente sino para cada uno de nosotros en cada generación. Nosotros desperdiciamos nuestros días en objetos artificiales, cosas temporales; somos consumidos por lo que queremos y lo que nos gratifica sin importar nuestro alrededor y luego nos escondemos de las consecuencias. Pero siempre, después de que hemos perdido nuestro curso, escuchamos la voz de D-os en nuestro corazón: ¿Dónde están? ¿Qué has hecho con tu vida? Te he entregado un cierto monto de años, ¿cómo los estás usando?
En la novela, “El motín del Caine” de Herman Wouk, Willie, el protagonista servía en la Marina cuando recibe una carta de su padre, quien pronto morirá de cáncer. El padre basándose en su vida, en la cuál él hizo mucho menos de lo que esperaba, previene a su hijo: “Recuerda esto, si puedes: No hay nada, nada, nada más preciado que el tiempo. Probablemente ahora creas que tengas suficiente, pero la verdad es que no. Las horas que desperdicias destruyen tu vida tanto al principio de ésta como al final, lo que pasa es que al final es más obvio”.
D-os decide qué tan largo será nuestro capítulo en esta tierra; depende de nosotros hacer que cada párrafo y cada oración cuente. La inmortalidad se refiere no a qué tanto tiempo vives, sino a cómo vives. Cada día es un regalo de D-os y debemos aprovecharlo al máximo, para celebrar la vida y ser bendiciones para otros.
Si, D-os no lo quiera, mañana dejarás este mundo, ¿Qué diría tu obituario? ¿Se leería como tú quisieses que se leyera?
